I Jornadas de Poesía Experimental en Euskadi: EXPOSICION
Las performance, los recitales y obras de teatro eran un elemento importante para nosotros para poder mostrar que se estaba haciendo aquí en Euskadi pero como dijo el replicante "todos esos momentos se perderan en el tiempo como lagrimas en la lluvia". Y es que además de unos actos que poder disfrutar en el momento también queriamos hacer algo que fuera un poco mas permanente y por eso surgió la idea de la exposición. Con la Exposición se cumplian dos objetivos: por un lado al estar abierta en el centro de Barakaldo en un local de una Biblioteca se garantizaba la afluencia de público desconocedor completamente del tema como así resultó al final; y por otro lado nos permitía ampliar la muestra de poesía, poesía visual y experimental a autores de fuera de Euskadi y así poder dar esa visión amplia que queriamos del panorama actual de la poesía experimental. Una vez mas nuestra compañera Marisa Gutierrez nos transmite sus impresiones de la misma.
LA CAJA ENCENDIDA por Marisa Gutierrez
¿No es verdad que, cuando afuera está oscuro y además ha empezado a llover, los interiores iluminados ejercen una atracción especial para quien camina a la intemperie, luchando contra el viento con el paraguas? ¿No nos sentimos todos un poco huérfanos e indefensos, cuando ya ha anochecido, estamos lejos de casa y vemos desde una calle oscura habitaciones brillantes que imaginamos llenos de calor y de vida? Eso pensaba yo al menos el pasado 20 de noviembre, a eso de las siete de una tarde desapacible, subiendo por la calle Gernikako Arbola de Barakaldo y viendo al fin, junto a la nueva Casa de Cultura Clara Campoamor, una gran caja de cristal encendida; pensaba que el interior de esa caja era como el cuarto del banquete que la pobre cerillera del cuento miraba desde fuera a través de la ventana. Igual de atractiva y de iluminada. Y, al parecer, igualmente provista de cosas ricas. Pero con la enorme diferencia –eso sí, yo misma me felicitaba mientras franqueaba la puerta- de que esa enorme habitación iluminada no sólo no estaba cerrada, sino que ofrecía todo su contenido a cualquiera que quisiera visitarla. Era la Exposición de las I. Jornadas de Poesía Experimental de Euskadi y faltaban sólo unos pocos minutos para que fuera inaugurada.
El interior de esa gran caja de sorpresas iluminada –que en un futuro próximo, según dicen, va a funcionar como bar o cafetería de la Casa de Cultura pero que estos días ha servido con mucha fortuna como envoltorio transparente de la muestra- estaba repleto de objetos para ser mirados, muchos y muy variados, todos ellos, tal como afirmaba el catálogo “en esa vertiente huidiza y, si no más, tampoco menos contundente de la creación poética, que se viene llamando experimental, pero también visual, visiva, concreta, objetual, verbofónica, fonética, cibernética, espacial, performática o de acción, en función de los soportes, técnicas y tecnologías implicadas en su desarrollo”. ¿Qué lío, no? Pues la verdad es que viéndolo, que es de lo que es trata en una exposición, pues no tanto.
Había, en mi opinión, muchísimo trabajo de bastante gente hecho de formas muy diversas, en formatos diferentes y seguramente con motivaciones y planteamientos muy variados pero reunidos allí porque sus autores habían respondido a la llamada que L.U.P.I. les había hecho, bajo la etiqueta de “poesía visual” o “experimental”. Muy bien, el catálogo ya incluye algunas teorizaciones sobre este asunto pero yo prefiero aquí subrayar simplemente –y no me parece poco- que en esta exposición había mucho trabajo, mucha abundancia, mucha riqueza, “la generosidad como una de las bellas artes”, tal como tituló José Blanco su aportación sobre la revista “Metamorfosis” y que podría extenderse a toda la muestra. Obras enmarcadas en cuadros y colgadas de paneles, imágenes para ser contempladas en la pantalla de un ordenador, vídeo-poemas, objetos físicos en tres dimensiones, poesía fonética, libros-objeto, poesía musicada, libros de artista, revistas-objeto y quizás algún otro artefacto que ahora se me escapa, diferentes pero iguales al haber sido paciente y arteramente perpetrados por sus autores como “armas (para la) caza- (de la) poesía”. Y al menos algunos, vive Dios, me parecía a mí, lo habían conseguido.
En éstas estaba yo, pensando sobre estos recurrentes asuntos, mientras paseaba por la exposición y me abrumaba un poco ante tal abundancia y me decía a mí misma que tendría que venir otros días, porque aquí había mucho por ver, cuando Jon Andoni Goikoetxea (Goiko para los amigos) llamó nuestra atención. Vestido con su mono y tocado con su casco, vestid que no disfrazado, de obrero del arte, como a él le gusta, Goiko fue el encargado de actuar como maestro de ceremonias de la inauguración. Lo hizo con su habitual buen oficio, fiel a su “punto de vista experimental” de afrontar la poesía y la vida, con actitud “cosmopolita y local”, como acostumbra -¡Oh, Poesía!, ¡Oh, Exposición!-, e invitándonos a todos los presentes a juntarnos en un gran abrazo. Todo, como él mismo dijo, “contra la muerte súbita”, por la “resurrección”. Fue en este ambiente ya francamente hermanado en el que tuvo lugar la performance “Laripse”, de Kuku Bazar-Divertente, una particular reflexión sobre la vida y la muerte que, entre otras poéticas consecuencias, llenó el suelo de arena y nuestro corazón, al menos el mío, de preguntas.
¿Qué es lo que estarán haciendo esas gentes que están ahí dentro tan calentitas y con esas actividades tan espectaculares?, notaba yo que se preguntaban algunas personas que pasaban por la calle y que, atraídos por el brillo de la luz, miraban hacia donde estábamos nosotros, que lo estábamos pasando tan ricamente. Era, ya he dicho antes, como en el cuento de la cerillera, con la diferencia de que aquí el pavo –eso sí, pavo metafórico y sin calorías, por etéreo y sólo visual- y los adornos eran para todos, como comprobó algunos, que sin tener noticia previa del evento, se atrevió a entrar. Así engrosó algo más el público, al que también se añadieron otras personas que participaron en el suceso mirándolo desde fuera, pegados a los cristales, como niños espiando, golosamente, una juguetería.
Al final, seguramente, apagarían ese día las luces pero yo me fui antes. Para, al salir y bajar un poco por la calle oscura, poder darme la vuelta y contemplar en medio de la noche esa luz acogedora. ¡Oh, Luz! , ¡Oh, Poesía!
