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L.U.P.I. "Tinta Envenenada"

La Única Puerta a la Izquierda

Categoría: Articulos

29 Agosto 2006

Acción clown de fausto Grossi

querido lois
si soy yo el clown el clown cibernético en carne y huesos
algunos superficialmente me consideran un provocador
en realidad me siento más comodo como agitador
en definitiva atraves del juego me gusta escarbar en nuestra condicion de
cuerpo
cuerpo social
cuerpo psiquico
cuerpo fisico
y además en el fondo todos tenemos algo de clown en nuestro interior
aunque nos cuesta manifestarlo
y sin embargo es quizas alli dónde tambien se puede hacer crítica y buscar
cómplices
hay cosas que sólo se pueden hacer y decir de esa manera
hacer reir para hacer pensar
pensar qué, en qué, bueno pues en eso
en nuestra condiccion de individuo único e individuo plural capaz de estar y relacionarse evidentemente no me gusta como van las coasas
no me gustan los grandes movimientos de masas
no me gusta mucho eso de masa
sabes en Bilbao junto con mi mujer tenemos una tienda de pasta pizza y
productos italianos y hacemos masa todos los dias ¿entiendes? esto es lo
curioso, esto es ser un pagliaccio in italiano, clown en la lengua del
imperioy por eso i am a clown y Io sono un pagliaccio
luego es curioso ver la reacción de la gente y, claro, también mi reacción
no estoy fuera del juego como observador sino en el juego también
como observador en Roma un policia me mandó marchar
casi a su lado otros no me dijeron nada
el ministro de justicia italiano, el señor Mastella, rodeado por
guardaespaldas -como se ve en una de la fotos- me mira pero no dejan que me acerque a él, no puedo ponerle una pegatina i am a clown que es lo que hacía hablar con la gente y proponerle que me dejasen colocarles una pegatina
algunos aceleraban el paso
otros cambiaban de direccion y otros más estaban deseando que se la colocara
otros me lo pedían directamente
es importante el lugar
el Parlamento, donde se toman las grandes decisiones
tambien el contraste entre el traje y el maquillaje
evidentemente es importante
lo patético
lo ridículo
lo cómico
esto es un poco la idea
espero no haberte aburrido
pero es que me ha salido así de repente
si tienes algo que preguntarme o decirme
te lo agradecerí
aun abrazo fraterno.
FAUSTO GROSSI

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19 Agosto 2006

El Nadaismo cumple años

El Nadaísmo

1958-1974

“En Medellín durante las décadas de 1950 y 1960 se conformó un extraño mundo que integró la protesta con la resignación, las más bellas formas artísticas y literarias con la vida ruda y repugnante de los bajos fondos, la espiritualidad con el crudo materialismo, lo esotérico con el mundanal diario… Era un extraño mundo en el que convivían los cultores del poeta Porfirio Barba Jacob y los seguidores del profeta Gonzalo Arango con la cultura lumpesca y de barriada que encontró su expresión en el personaje popular que hacía ostentación del consumo de marihuana, el camaján, que vestía vistosamente: pantalones verdes o morados, bota ceñida y bastante alta (sostenida con cargaderas), camisa con mangas remangadas, cuello levantado y chaqueta bastante larga. Caminaba lentamente, con movimiento rítmico de brazos. Era lo que llamaban uman legal, pero que constituía el terror de los barrios residenciales, pues las señoras le atribuían los peores crímenes y depravaciones, contribuyendo a ello la jerga esotérica de trasposición de sílabas: misaca (camisa), lonpanta (pantalón), pinrieles (zapatos), o los nombres de la marihuana: yerba, mona, maracachafa, grifa, bareta, marimba. Era la época en que la nota musical de esa subcultura se oía en la Sonora Matancera y Daniel Santos, el inquieto anacobero. Para entonces, a comienzos de los años 60, ya se habían hecho realidad las palabras de otro nadaísta: La marihuana es el opio del pueblo, por su bajo precio naturalmente.”

Mario Arango, Algo va del camaján al traquetero, en Impacto del narcotráfico en Antioquia, Medellín, 1988, pgs. 23-24.

Para 1958, cuando Gonzalo Arango Arias publicó su primer manifiesto, Colombia era ya un país en ruinas no sólo económica sino social y moral. La dictadura había concluido la tarea malhechora de los gobiernos de Mariano Ospina Pérez, Laureano Gómez y Roberto Urdaneta Arbeláez, y la clase dirigente, una de las más perversas oligarquías latinoamericanas que surgieron luego de la muerte del Libertador, se disponía a repartirse el presupuesto nacional y la libertad de asociación y expresión, de manera paritaria, en los futuros veinte años. La dictadura de Rojas Pinilla instauró el culto a la personalidad, la censura a la prensa, cerrando diarios y emisoras y creando la Televisora Nacional como su principal instrumento de propaganda, con Gloria Valencia de Castaño y Fernando González Pacheco como sus iconos inmortales, asesinando estudiantes, volando barrios enteros con dinamita y masacrando opositores durante corridas de toros.

Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez, los dos polos de esta perfidia, inventaron el Frente Nacional y procedieron a desmontar la cultura colombiana desde sus mismos cimientos y desde los ministerios de educación, justicia, trabajo y con la ayuda de una gran mayoría de los intelectuales de izquierda y el liberalismo, borraron primero la memoria colectiva, la historia y las literaturas, a fin de crear un nuevo estado donde todos los colombianos guardaran silencio, pasaran hambres inmemoriales, ningún pobre pudiese ir a la escuela y todo el país, pero especialmente las mujeres, recibieran ese regalo del cielo que se llama todavía control de la natalidad, para cuyo propósito el doctor Lleras Restrepo creo el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, una suerte de fornicación sin pan, que la oligarquía regaló a los pobres. Todo fue inventado en el Frente Nacional, y todo llevó a la creación de la mas grande república del narcotráfico jamás imaginada, donde una minoría de delincuentes iba a elegir los gobiernos de Julio César Turbay, Alfonso López Michelsen, Belisario Betancur, Virgilio Barco, César Gaviria Trujillo y Ernesto Samper, cambiaría la Constitución centenaria por una de bolsillo para no ser extraditados y serían los únicos capaces de arruinar ideológicamente a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, haciéndoles sus socios. A todo ello contribuyó la batahola, la garrulería, el narcisismo, la chabacanería y oportunismo de los adeptos[1] de Gonzalo Arango Arias, con notables excepciones, por supuesto. Precisamente las de los únicos poetas que nacieron para su desgracia bajo esa estrella polar. Entre 1956 y 1968 Colombia vivió la más grande recesión de su historia en el siglo XX.

Y fue en esos años cuando Gonzalo Arango Arias decidió competir con los ciclistas de la vuelta a Colombia y los actores de las novelas radiales, -Lejos del nido y Albertico Limonta-, por un público que sigue siendo una inmensa mayoría analfabeta, mientras la otra inmensa minoría, la que supuestamente oía una radio de “música culta”, veía los filmes de la nouvelle vague en la Cinemateca de Colseguros y leía a Camus, Sartre, de Bouvoir, Rochefort, Sagan, Miller y otros. Y no habría tenido el éxito que tuvo si la llamada Gran Prensa, los periódicos de la oligarquía y sus emisoras de radio y televisión, no se hubieran hecho eco de los desplantes, bufonadas, patanerías, quemas de libros y efigies de escritores, y las blasfemias y sacrilegios que cometieron los Nadaístas en Medellín, Cali, Barranquilla y Manizales. Porque a los directores de los periódicos y los noticieros también el Nadaísmo ofreció una distracción y alguna rebeldía en un país que estaba sumido en un baño de sangre que lo sacaba de otro baño de sangre que venía del confín de los siglos. Sin la complacencia y socarrona aprobación de Eduardo Mendoza Varela y Gonzalo González, alias GOG y el mismo Guillermo Cano Isaza, el Nadaísmo no hubiese existido. Cerca de trescientos artículos de los Nadaístas fueron publicados en los suplementos literarios de El Tiempo y El Espectador en esos años triunfales del Nadaísmo y no pocos reportajes y noticias se encuentran en el cuerpo de los diarios. El estado de cosas que pretendían derruir los Nadaístas, o mejor Gonzalo Arango Arias, era ahora quien les bendecía y absolvía y celebraba con ciertas furias que en últimas eran risas. Y sus fingidas rupturas prosódicas, lo que teje las ideas, terminaron por ser una ética de la mas perversa lógica: como no podían vencer al establecimiento y sus guerras e injusticias, había que sacarle el mejor partido posible: y entonces los mas sobresalientes “nadaístas” fueron los mas grandes delincuentes y criminales que ha tenido Colombia con las mas fabulosas fortunas de nuestra historia. Algo iba, ciertamente, del camaján al traquetero.

El Nadaísmo fue la otra cara de esa moneda que ofreció Mito. Las dos expresiones de nuestra nacionalidad fueron estrictamente coetáneas. Pero una significaba la cultura y la otra la barbarie. Mientras Gaitán Durán publicaba la revista mas importante que haya tenido Colombia, Gonzalo Arango Arias quemaba libros y se endiosaba a si mismo y servía de taparrabos de una maldad llamada Frente Nacional. Y el destino de sus supervivientes fue también melancólico. Los que sobrevivieron de Mito terminaron en brazos de los gobiernos de lo que más detestaron. Los nadaístas son hoy parte del establecimiento, con preclaras excepciones, repito y concluyo. Y es por todo esto que Germán Arciniegas y Gonzalo Arango Arias, aparentes extremos encontrados en su tiempo, tienen razón cuando afirman que:

“El Nadaísmo es un producto natural de una época pervertida. Época de culturas dirigidas por analfabetos. Entre nosotros, es la consecuencia inmediata de las dictaduras” (Germán Arciniegas, El nadaísmo es algo, El Tiempo, julio 1958)

“Las revoluciones artísticas y científicas las hacen los Einstein, los Picasso, los Barnard. Para pensar nosotros en hacer este tipo de revoluciones tendríamos que empezar por terminar el bachillerato”. (Gonzalo Arango Arias, Correspondencia violada, 1980, p. 270)

Harold Alvarado Tenorio

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21 Junio 2006

EL TEJEDOR DE PALABRAS (Para una poética).

Siempre he sentido que escribir no es redactar. Es otra cosa. Sin embargo, como lector, observo que, en el momento presente, predomina, por desgracia, más la poesía redactada (siguiendo imperativos de actualidad, de lo que está en boga, de escuela o de grupo, de determinada estética...) que la escrita.
El escritor, el poeta, no verbaliza las zonas de la realidad (o de la conciencia o de la memoria...) que quiere, nunca escribir es una elección
por lo racional marcada, sino las que se hallan en él, las que ha ido y va
elaborando a través de ese tamiz imperceptible -que el poeta incluso tantas veces desconoce- tejido por la conciencia, por la inteligencia, por la sensibilidad, por la memoria, por las emociones... Parece que se diera una suerte de fatalidad: que el poeta fuera elegido por su mundo, para
verbalizarlo y expresarlo, en una aproximación o en un tanteo continuo en el que la escritura poética consiste. En este sentido, son pertinentes las palabras de Edmond Jabès: "En cada uno de nosotros, ... hay un libro que nos transforma en vocablos", pues "cada libro es prolongación o acabamiento controvertidos del libro, escrito o por escribir, en el que el escritor está enclavado."
Nos hallamos, sí, enclavados en ese libro, siempre por escribir, a pesar de todo lo escrito, y al cual, a través de tanteos, de incursiones, trata de
aproximarse nuestra palabra. Palabra, la poética, conectada con los lenguajes que, desde antiguo y en el presente, tratan de expresar lo
sagrado, en ese viaje a la semilla, a lo primordial, al centro, en el que
acaso consiste la más hermosa tentativa del ser humano en su paso por el mundo.
Pero ¿cuáles serían las vías, las claves, para emprender tal itinerario, en
el que verbalizar suponga tantear, aproximarse, ir ensanchando el territorio en el que la belleza lleve a la afirmación del ser en el mundo? Desde muchacho, he intuido -y así he tratado de plasmarlo a través de mi escritura poética- que la poesía es la palabra atravesada por la emoción, por ese decir desde el yo desnudo, cuando se desprende de toda impostación y de toda adherencia, de toda convención y se adentra en lo no hollado en busca de la plenitud. Palabra emocionante, palabra intensa, palabra plena... la de la poesía, contemplativa también, en la medida en que la mirada se impregna de simpatía por los seres, por las criaturas y por el mundo. Palabra en la que sentir se hace pensar y pensar, sentir -como Unamuno ya intuyera. En la que es posible, a la vez, la alianza de los sentidos con la inteligencia, del lado cordial con el racional, en la que amar y conocer se dan la mano, para fundar el mundo tal y como lo vive el ser humano desde su capacidad de creación; para verbalizar nuestro paso, nuestro itinerario, nuestro viaje, nuestra soledad y nuestra fusión con los otros, nuestras luces y sombras, nuestra memoria y experiencia de la gracia y de la herida.
Palabra, la poética, de la larga distancia, de la inactualidad. Palabra a la
intemperie y a contracorriente. Que se atreve a verbalizar el itinerario
hacia el centro, hacia lo primordial, a la semilla, desafiando un tiempo de
profanaciones. Palabra que trata de llegar hasta el fondo, en una época de exaltación de lo trivial y de lo superficial.
Palabra -ya lo hemos dicho- a la intemperie, a contracorriente, más allá de ciertos decires prestigiados, obvios y transitivos los unos, intransitivos y herméticos los otros. Porque nunca es palabra de escuela ni de consigna. Está siempre en esa travesía desde el corazón humano hacia el corazón humano de hoy y de mañana, por unas vías secretas que se escapan a toda manipulación y a todo manejo. Amiga del silencio y de la luz, de la noche y la música. En sus recintos, tan llenos de murmullos, tan acogedores, resuena el mundo y el ser, nuestra verdad más pura.
Palabra que busca trascender vivencias, emociones, experiencias, sentires efímeros del hombre, y darles un alcance duradero, que pueda servir a la tribu como sentido, consuelo, belleza, reconciliación, armonía.
Palabra de la revelación, frente a otros lenguajes utilitarios y uniformizadores, que nos escamotean lo más verdadero y lo que más nos
importa de nosotros mismos y del mundo. Palabra que nos ayuda a crear y a configurar el lugar, el territorio, el jardín, en el que vida y muerte, amor y desarraigo, alegría y dolor... no sean sino caras de una misma moneda cuya totalidad nos está destinada si sabemos mirar y entender.
Es un don. Por ello, podemos dar gracias, con Jorge Luis Borges, "por el
hecho de que el poema es inagotable / y se confunde con la suma de las
criaturas / y no llegará jamás al último verso / y varía según los hombres".
Casa de todos, no excluyente. Frente a tantos sectarismos y
fundamentalismos.
Y podemos terminar diciendo, con Gottfried Benn: "En el poema la lengua se sosiega y el hombre vive calmado por un instante en el silencio", ese hombre que "jamás abandona la búsqueda de la trascendencia, de aquel más allá al que se dirige".

José Luis Puerto.

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